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La India María

Cuentan algunos viejos pobladores que en las estancias de Roca vivió una india llamada "María" que junto a su hermano Manuel, el Gral. Roca había rescatado de una toldería. Siendo aún niños los trajo a sus tierras, los bautizó y les dio el apellido Roca. El indio Manuel fue trasladado a Río Cuarto donde debía atender sus bienes.
La india María quedó en Alejandro. Vivió en la estancia, nadie sabe cuántos años, pero murió siendo ya una anciana.

Era una mujer baja, muy corpulenta, morocha, con el cabello largo y renegrido recogido en dos trenzas. Con aire tranquilo y encerrada en ese mutismo que caracteriza a los de su raza, era por todos respetada y los peones la llamaban "la dueña". Se destacaba por el profundo respeto y amor por el ser humano.

Cariñosa con los niños, a los cuales obsequiaba ricos caramelos cuando visitaban la estancia. Encerrada quien sabe en qué recuerdos de su familia y su niñez solía permanecer largas horas sentada bajo un frondoso árbol del patio.

Era gran consumidora de aguardiente, bebida que le preveían sus patrones, hasta que un día, envuelta en los vahos del alcohol se quemó y desde ese momento se le cortó el suministro, aunque ella siguió consiguiéndolo por sus propios medios.

Solía saludar diciendo "marí-marí", la repetición de la palabra otorgaba magnitud o mayor importancia a lo que dicen. Marí significaba diez en su idioma. En su tribu utilizaban el sistema de numeración desconociéndose cómo lo aprendieron.

Trabajaba y lavaba la ropa a peones y colonos, y tenía como costumbre grabado en su mente "peso cincuenta", a todos cobraba peso cincuenta, por lavar una camisa o una pila de ellas.

Cuando concurría al pueblo compraba diversas mercaderías que colocaba en bolsitas y las repartía entre la gente pobre y necesitada de la población, dejando traslucir con ello su espíritu cristiano y su amor al prójimo.

Más tarde, ya anciana, la india fue trasladada a San Julio, otra parte de Santa Clara próxima al pueblo.

Hablaba nuestra lengua entremezclando palabras de su lengua natal, lo que hacía que no se le entendiera mucho y eso era una de las causas de que se encerrara en ese mutismo que la caracterizaba.

Tuvo una larga existencia, quizás 102 años calculan algunos, quizás más. Años que le habrán parecido interminables al sentirse separada de su tribu, de su tierra, de sus hermanos de raza. Años que alimentados por su espíritu cristiano consagrara a hacer el bien. Ese bien que en los momentos de su muerte otro cristiano no supo darle. El mayordomo que estaba en esos momentos, a su muerte, la hizo cargar en un carro tirado por caballos y llevar al cementerio como si fuera un despojo, contrariando las órdenes de sus patrones, quienes al recibir la noticia quisieron que se le dé cristiana sepultura con todos los honores que ella merecía.

(1) Extraído de recopilación realizada por la docente Esther de Ancheta y alumnos de séptimo grado, Escuela "El Gran Capitán", 1988.