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» La calle Avellaneda
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La calle Avellaneda1
La calle Avellaneda es hoy la entrada a nuestro floreciente pueblo.2
Hace muchos años... era un callejón en donde el viento norte levantaba densas polvaredas y por donde transitaban enormes y altos carros tirados por varios caballos que pesadamente arrastraban el fruto de las cosechas. Uno tras otro como enormes elefantes, haciendo chirriar sus gastadas ruedas, atravesaban llevando pesadamente su carga. Han quedado en el olvido, en el pasado, y hoy han sido remplazados por veloces y modernos camiones.
Esta calle también era transitada por grandes tropas de ganado que lentamente eran conducidas por cansados y sufridos troperos que debían soportar las inclemencias del tiempo, lluvia, viento, granizo, heladas y fuertes calores. Al grito de ¡tropa!... ¡tropa!... el ladrido de los perros y el mugir de la hacienda, era un espectáculo verlos pasar especialmente cuando llovía, envueltos en grandes capas negras que cubrían casi todo el caballo.
El progreso dejó atrás todo aquello y hoy sólo pasa a ser recuerdo, hoy la calle Avellaneda ha dejado de ser un callejón, el asfalto ha cubierto sus guadales y la luz eléctrica su oscuridad. Modernas casas cubren sus terrenos baldíos y cómodos y veloces automóviles la transitan, el progreso avanza y la historia aumenta en sus páginas.

(1) Extraído de recopilación realizada por la docente Esther de Ancheta y alumnos de séptimo grado, Escuela "El Gran Capitán", 1988. (2) Actualmente, la denominación de esta calle es Av. Dr. Carlos Sodini.



La calle de los Cuatreros 1
La calle de los cuatreros era y es una calle que divide Alejandro con la población de Las Acequias, y se extiende hacia el sur hasta dar con el Cacique Bravo, en Monte de los Gauchos.
El Cacique Bravo era un lugar donde se levantaba una toldería y desde allí los indios hacían incursiones atacando a la población.
La Calle de los Cuatreros ha quedado en la historia de nuestro pueblo, pues allí se refugiaban los gauchos que tenían cuenta con la policía o aquellos que cuatrereaban robando ganado en las estancias.
Como por allí había mucho monte les servía de escondite seguro. Eso hizo que se creara una especie de leyenda entre la gente del lugar. Se le atribuyó cuentos de aparecidos, luz mala y de sustos terroríficos , siendo ese lugar, privativo para pasar la noche. Los troperos que debían detenerse para descansar la tropa trataban de que no los sorprendiera la noche.
Con el transcurrir del tiempo, esas historias quedaron en el recuerdo de los ancianos de nuestro pueblo, como una interesante leyenda.
Años después, la Calle de los Cuatreros sirvió de refugio a los agricultores que habían sido desalojados por los estancieros y allí iban a parar con sus familias y sus pocas pertenencias.

(1) Extraído de recopilación realizada por la docente Esther de Ancheta y alumnos de séptimo grado, Escuela "El Gran Capitán", 1988.



La India María 1
Cuentan algunos viejos pobladores que en las estancias de Roca vivió una india llamada "María" que junto a su hermano Manuel, el Gral. Roca había rescatado de una toldería. Siendo aún niños los trajo a sus tierras, los bautizó y les dio el apellido Roca. El indio Manuel fue trasladado a Río Cuarto donde debía atender sus bienes.
La india María quedó en Alejandro. Vivió en la estancia, nadie sabe cuantos años, pero murió siendo ya una anciana.
Era una mujer baja, muy corpulenta, morocha, con el cabello largo y renegrido recogido en dos trenzas. Con aire tranquilo y encerrada en ese mutismo que caracteriza a los de su raza, era por todos respetada y los peones la llamaban "la dueña". Se destacaba por el profundo respeto y amor por el ser humano.
Cariñosa con los niños, a los cuales obsequiaba ricos caramelos cuando visitaban la estancia. Encerrada quien sabe en qué recuerdos de su familia y su niñez solía permanecer largas horas sentada bajo un frondoso árbol del patio.
Era gran consumidora de aguardiente, bebida que le preveían sus patrones, hasta que un día, envuelta en los vahos del alcohol se quemó y desde ese momento se le cortó el suministro, aunque ella siguió consiguiéndolo por sus propios medios.
Solía saludar diciendo "marí-marí", la repetición de la palabra otorgaba magnitud o mayor importancia a lo que dicen. Marí significaba diez en su idioma. En su tribu utilizaban el sistema de numeración desconociéndose cómo lo aprendieron.
Trabajaba y lavaba la ropa a peones y colonos, y tenía como costumbre grabado en su mente "peso cincuenta", a todos cobraba peso cincuenta, por lavar una camisa o una pila de ellas.
Cuando concurría al pueblo compraba diversas mercaderías que colocaba en bolsitas y las repartía entre la gente pobre y necesitada de la población, dejando traslucir con ello su espíritu cristiano y su amor al prójimo.
Más tarde, ya anciana, la india fue trasladada a San Julio, otra parte de Santa Clara próxima al pueblo.
Hablaba nuestra lengua entremezclando palabras de su lengua natal, lo que hacía que no se le entendiera mucho y eso era una de las causas de que se encerrara en ese mutismo que la caracterizaba.
Tuvo una larga existencia, quizás 102 años calculan algunos, quizás más. Años que le habrán parecido interminables al sentirse separada de su tribu, de su tierra, de sus hermanos de raza. años que alimentados por su espíritu cristiano consagrara a hacer el bien. Ese bien que en los momentos de su muerte otro cristiano no supo darle. El mayordomo que estaba en esos momentos, a su muerte, la hizo cargar en un carro tirado por caballos y llevar al cementerio como si fuera un despojo, contrariando las órdenes de sus patrones, quienes al recibir la noticia quisieron que se le de cristiana sepultura con todos los honores que ella merecía.

(1) Extraído de recopilación realizada por la docente Esther de Ancheta y alumnos de séptimo grado, Escuela "El Gran Capitán", 1988.



La Negra Lopez 1
Bastante morocho, de estatura mas bien baja, de cuerpo grueso y bien fornido. Solamente "LA NEGRA", nadie sabe su nombre, ni como apareció. Había trabajado por muchos campos y estancias del lugar. Correntino muy conversador y dueño de una gran fantasía, contaba muchas historias, era un gran soñador. Descendiente de indios, quizás de los guaraníes o guaycurúes que habitan nuestro litoral y boscoso Chaco. Nadie supo realmente de dónde procedía ya que su fantasía tejía las más extrañas leyendas.
Cuando joven, llevaba largos y renegridos cabellos. Nadador por excelencia, como digno hijo de la tierra en que nació, cuando el río crecía con fuerza incontenible, cargaba sobre sus espaldas dos niños tomados fuertemente de sus largos cabellos y los cruzaba de una a otra orilla haciendo gala de sus cualidades de nadador.
Vivió mucho tiempo en el monte de don Rosas Pereyra, cuidaba de sus hijos como si fueran propios y cuando debía llevar mensajes a su familia que residía en el pueblo, lo hacía utilizando sus piernas y trotaba como si fuera un esbelto potro.
Conocía la propiedad curativa de algunas hierbas y hacía alarde de saber curar ciertas enfermedades utilizando sebo, grasa de iguana, peludo, etc.
Le gustaba disfrazarse, gozaba con pintarse y disfrutaba con los carnavales. Cuentan que una noche en uno de los corsos, apareció vestido de indio y con su cuerpo cubierto con plumas montado en un brioso caballo. Los corsos se hacían en el Boulevard y los campesinos que llegaban en carros, vagonetas, sulkys y jardineras ataban sus caballos a los árboles de las aceras. Cuando el corso estaba por finalizar prendió fuego a sus plumas y pasó como una exhalación a tirarse en el río que pasaba muy cerca. Pocas quemaduras sufrió, pero los caballos asustadísimos cortaron las riendas y huyeron despavoridos buscando refugio, quedando la gente a pie.
Fue una noche diferente, la Negra se divirtió y el corso tuvo un toque muy especial.
Muchos años después se fue del pueblo, anduvo por los alrededores y volvió para vivir junto al río en una cueva de la barranca, allí pasó sus últimos días, sólo y en contacto con la naturaleza, a lo indio, como un noble representante de su raza. Allí encontró la muerte, sólo, como lo había estado toda su vida.

(1) Extraído de recopilación realizada por la docente Esther de Ancheta y alumnos de séptimo grado, Escuela "El Gran Capitán", 1988.